domingo, 19 de septiembre de 2010

Los libros de Ajedrez forman parte de la Literatura.

Flamante Roberto Grau en una partida.

A menudo nos preguntamos ¿Que es Literatura? Y las respuestas se convierten en una vastedad de cosas, entonces surgen las opiniones de aquellos que creen ser mas idóneos ¿Como puede un libro de ajedrez formar parte de la Literatura? Para esto vamos a definir Literatura:

Arte que emplea como medio de expresión por medio de la palabra hablada o escrita, o bien podemos decir, estudio de ese arte o tratado sobre el, como también, conjunto de libros, artículos, etc., escritos acerca de determinada materia.

Abarcando así hechos Históricos enmarcados en un especifico contexto social y económico.

Para esto volcaremos un escrito de Roberto Grau de su “Tratado General de Ajedrez” tomo 3 que lleva como titulo “Conformación de Peones” en su pagina 29 PUNTO III dice lo siguiente:

“PEON QUE AVANZA, DEBILIDAD EN EN GERMEN”

“Al afirmar, como lo hemos hecho, que cada avance de peón tiene un germen de debilidad, no hemos querido por cierto decir que los peones no deben avanzarse. Para intentar vencer es necesario hacerlo y nunca se triunfa, ni en ajedrez ni en la vida, sin riesgo. Deseamos señalar, al manifestar que cada peón que se avanza es un problema que se crea, que no es posible avanzarlos sin cautela, ya que estas piezas carecen del cómodo recurso de replegarse que distingue a las otras y por lo tanto el daño puede ser irreparable.

Además un peón avanzado significa problemas en la casilla lateral que este ocupaba y a medida que se aleja de la propia zona de operaciones exige de las demás piezas una tarea intensa para sostenerlo. Además hay un principio antiguo que ni el tiempo ni los progresos de la técnica han podido alterar. Este es el que afirma que la principal virtud del peón es su movilidad. Y bien sabemos que los peones avanzados corren, por el contrario, riesgos permanentes de quedar rígidos, contenidos por otros peones, para convertirse mas tarde en centros de amenazas.

Si, por ejemplo, se tiene un peón en e5 luchando contra otro en e6, en la gran mayoría de los casos esta mejor el retrasado de e6 que el agresivo de e5. Este solo será bueno si no existe el alfil rey enemigo, si la columna “d” se abre y si el rival no puede colocar una pieza en d5. Además la defensa del mismo obligara a estirar toda la configuración de peones. Por otra parte corre el riesgo de quedar aislado en ese sector y la debilidad de los peones aislados aumenta a medida que están avanzados y si, como en este caso, se encuentran contenidos. El adversario lo atacara desde la posición normal de sus piezas y la defensa no será tan cómoda como la agresión.”

.                                                                                       Roberto Grau.

Una manera de expresión con un estilo inigualable entrelazando un sistema de juego como lo es el ajedrez con la Literatura. Y en sus cuatro Tomos sin discusión alguna este prestigioso periodista nos dejo una magnifica clase de ajedrez, con un vocabulario exquisito, y a su vez privilegiando la historicidad del momento ajedrecístico, con ejemplos matemáticos del tema que refiere. Es por eso que viendo este ejemplo podemos decir que los Libros de Ajedrez forman parte de la Literatura.

domingo, 5 de septiembre de 2010

ENCUESTA POR COMENTARIO



Federico Andahazi
Escritor argentino autor de "El Anatomista"
Ganador del primer premio de la "Fundacion Amalia Lacroze de Fortabat", envuelto en un escandalo por el contenido erotico del nombrado texto.












Marco de Nevi
Escritor argentino ganador del premio
Kraft por su novela "Rosaura a las Diez",
la que lo inicio en el fantástico mundo de la Literatura



¿¿Que opinión te merecen estos geniales autores??

AMBROSE BIERCE

QUE OPINION TE MERECE AMBROSE BERCE


La Ventana Tapiada(The Boarded Window)
Ambrose Bierce
Traducido por: Dario Lavia.

En 1830, a solo unas pocas millas de donde hoy se levanta la gran ciudad de Cincinatti, estaba un inmenso e impenetrable bosque. La región entera fue poblada por gente de la frontera, incansables almas que lentamente fueron construyéndose hogares habitables fuera de la naturaleza salvaje y algún grado de prosperidad que hoy llamaríamos indigencia, pero abandonaron todo por algún misterioso impulso de sus naturalezas para encontrar nuevos peligros y privaciones en el oeste, en un esfuerzo por hallar las comodidades a las que habían renunciado voluntariamente.
Muchos de ellos habían tomado esta región como asentamiento, pero entre aquellos hubo uno que se contró entre quienes fueron los primeros en llegar. Él vivía solo en una cabaña rodeada por el bosque, de cuya lobreguez y silencio pareció ser parte, ya que nadie jamás le vio sonreir o hablar más que lo necesario. Sus simples necesidades fueron suplidas por la venta o el trueque de pieles de animales salvajes del río, pero no por cosas que él hizo sobre la tierra, que si hubiera sido necesario, podría haber reclamado como propias por derecho.
Hubo evidencias de algún trabajo, solo un par de acres de terreno a un lado de la casa, que en algún momento fue talado. El afán del hombre por la agricultura ardió con lánguida flama, expirando en penitenciales cenizas. La pequeña cabaña, con su chimenea de troncos, su techo de tejas arqueadas, atravesadas por maderos y sellados con barro, tenía una sola puerta y, opuesta a la misma, una sola ventana, que estaba tapiada. Nadie podía recordar un tiempo en que no lo estuviera, y nadie nunca supo el porque; ciertamente no por el desagrado del ocupante hacia la luz y el aire. En aquellas raras ocasiones en que un cazador había pasado por aquel solitario lugar, el recluso comunmente era visto tomando sol en la puerta, si es que el cielo le proveía con sus rayos. Yo creo que unas pocas personas quedan con vida que conocen el secreto de esta ventana, y soy uno de ellos, como ustedes podrán verlo.
El nombre del hombre era Murlock. Aparentaba setenta años, pero realmente tenía unos cincuenta. Su pelo y su larga barba eran blancas, y sus ojos, grises, como sin lustre, hundidos. Su rostro singular parecía tener algunos defectos. Su figura era alta y parca, y tenía los hombres un poco encorvados, como si estuviera cargando algo. Yo nunca lo vi, sino que supe todo esto a través del relato del abuelo, quien me contó la historia cuando era niño; él lo conoció cuando vivía cerca de allí, en aquellos años.
Un día Murlock fue hallado muerto en su cabaña. No hubo tiempo ni espacio para coronas ni obituario, y supongo que habrá fallecido de causas naturales. Solo sé que el cadáver fue enterrado cerca de la cabaña, al lado de la tumba de su esposa, quien lo precedió a él en muchos años, tantos que la tradición local no podía retener la crónica de su existencia. Esto cerró el capítulo final de su historia, excepto por la circunstancia de que muchos años después, en compañía de un espiritu igualmente intrépido, penetré en aquel lugar y me aventuré cerca de la derruida cabaña.
Pero hay un capítulo anterior, también suministrado por mi abuelo.
Cuando Murlock construyó su cabaña, era joven, fuerte y estaba muy esperanzado en el Este. Luego se casó, y, como era costumbre, su joven mujer le manifestó su honesta devoción y enfrentó los peligros y privaciones del marido con espíritu voluntarioso y corazón pleno de fervor. No quedó registro de su nombre; de sus encantos y persona, la tradición se calló y el especulador queda en libertad de disipar su duda; pero ¡Dios prohibe lo que voy a revelar!
Un día Murlock regresó de una cacería y encontró a su mujer postrada con fiebre y delirando. No había médico en millas, no había vecinos, tampoco ella estaba en condición de carecer de atención. Así que él ejerció también la tarea de atenderla y curarla. Al tercer día cayó inconciente y falleció, aparentemente sin jamás regresar a su sano juicio.
Por lo que yo sé de una naturaleza como la de él, podemos aventurar algunos detalles del perfil dibujado por mi abuelo. Cuando se convenció que ella estaba muerta, Murlock tuvo aún sentido como para recordar que la muerte debe ser seguida por el entierro. En preparativos para su sacra labor, cometió un error tras otro, haciendo algunas cosas de manera incorrecta y otras que había hecho correctamente, las volvió a hacer una y otra vez. Sus fallas ocasionales en llevar a término cosas simples y ordinarias lo llenaron de estupor como el de un borracho que se cuestiona por la suspensión de las leyes familiares naturales. También se sorprendió por no llorar - sorprendido y avergonzado -; seguro que no es bueno no llorar por los muertos. "Mañana", dijo en voz alta, "tengo que hacer el ataud y enterrarla, y entonces la echaré de menos, cuando no la vea más; pero ahora ella está muerta, por supuesto, pero está todo bien, de alguna manera debe ser así. Las cosas no pueden ser tan malas como aparentan".
Él permaneció sobre el cadáver por la noche, ajustando el cabello y dando los toques finales al simple toilet, haciéndolo de manera muy mecánica, con un cuidado casi desalmado, y con un sentido de convicción en su mente de que todo aquello estaba bien, como si la fuera a tener de nuevo consigo, y todo fuera explicado. Nunca había experimentado el dolor; su capacidad de sentirlo no había sido utilizada jamás, ni su corazón ni su mente podían concebirlo. No sabía lo que era un golpe bajo; este conocimiento vendría después y jamás se marcharía. El Dolor es un artista de poderes tan variados como los instrumentos con los que interpreta sus cantos fúnebres hacia los muertos, evocando desde las más agudas y finas notas hasta los acordes más graves y bajos que pulsan el lento y recurrente latido de un tambor distante. Algunos se asustan, otros se quedan pasmados. Para este viene como un flechazo certero, punzando toda la sensibilidad de una vida entusiasta; para el otro como el golpe de una maza, que aplasta todo e inmoviliza todo. Vamos a concebir que Murlock se vio afectado de esta manera, por (y aquí estamos en un campo de no mayor seguridad que la de la mera conjetura) que ni bien terminó su pía labor, se sentó en una silla a un lado de la mesa en la que yacía el cuerpo, y depositó sus brazos en el borde de la mesa, dejando caer su cara en ellos, sin lágrimas y en exceso cansado.
En ese momento provino desde la ventana abierta un sonido como de aullido de un chico perdido en las lejanías del oscuro bosque. Pero el hombre no se movió. De nuevo, y más cercano que antes, sonó el aullido sobrenatural. Quizás fuera una bestia salvaje; quizás un sueño. Pera Murlock estaba dormido.
Algunas horas después el desgraciado vigía se despertó y deslizó su cabeza de los brazos, intentando escuchar sin saber porque. Estaba en la negra oscuridad de la muerte, recordando sin ningún choque, afinó la vista para ver mejor. Todos sus sentidos estaban alertas, su respiración se suspendió, la sangre se le detuvo en las venas, como respaldando al silencio. ¿Quién o qué lo había despertado, y dónde estaba?
Súbitamente la mesa crujió bajo sus brazos, y al mismo tiempo escuchó, o supuso escuchar, un suave paso, como si fuera de un pie desnudo, en el piso de madera. Estaba aterrorizado, más allá de poder gritar o moverse. Necesariamente esperó, esperó en la oscuridad, a lo largo de aparentes siglos de tal espanto. Trató vanamente de pronunciar el nombre de la mujer muerta, también en vano su mano se estiró y palpó la mesa, para ver si aún estaba allí el cuerpo. Su garganta estaba atenazada y sus brazos y manos eran como plomo. Entonces ocurrió lo más espeluznante. Un cuerpo pesado pareció ser arrojado violentamente contra la mesa, con un ímpetu que lo empujó contra su pecho tan fuertemente como para tumbarlo. Al mismo tiempo oyó y sintió el impacto de algo sobre el piso, algo que chocó con tanta violencia que la casa entera se conmovió por el impacto. Luego aconteció algo confuso, una sucesión de sonidos imposibles de describir. Murlock se levantó. El miedo excesivo pasó a tomar control sobre sus facultades. Pasó su mano sobre la mesa. ¡No había nada ahí!
Hay un punto en que el terror puede conducir a la locura, y la locura incita a la acción. Sin ninguna intención definida, sin ningún motivo, pero con el obstinado impulso de un loco, Murlock pegó un brinco hacia la pared, donde estaba su arma cargada, y sin ningún tipo de dubitación, la descargó. Con el relámpago que iluminó la estancia, vio una enorme pantera arrastrando el cadáver de su mujer a través de la ventana, con su mandíbula asiendo fuertemente el cuerpo a través de la garganta.
Luego fue la oscuridad más negra que antes y el silencio; y cuando regresó el sol y su conciencia volvió, los pájaros cantaban en los árboles. El cuerpo quedó cerca de la ventana, donde la bestia lo dejó antes de partir asustada por el fogonazo del rifle. Las ropas estaban despedazadas, el largo cabello desordenado, las piernas quedaron desparramadas. Desde la garganta, horriblemente lascerada, había un manchón sanguinolento que todavía no había coagulado. La cinta con la que había vendado las muñecas estaba rota; las manos fuertemente crispadas. Entre los dientes tenía un fragmento de la oreja del animal.